Cartagena de Indias no se la conoce. Su misteriosa llamada es a seducirla, a hacer del viaje una caricia. Ella entregará tesoros al enamorado. Es temprano para que lo sepa. Hay que advertirlo. La recompensa del viaje será que al soñar va a darse cuenta de que tiene una guía única y también irrepetible.
Los pasos descuidados conducen al viajero a esas fortificaciones que apenas si le traen el vago relato de militares y piratería. En El Cabrero observa la conjunción de vidas. Torres de vivienda; casas republicanas de columnas y pórticos con escaleras a los antejardines de césped por el cual corren lagartijas y cangrejos; y la casa de madera de dos plantas que recuerda las Antillas Francesas, donde vivieron sus pasiones de senectud Soledad Román y Rafael Núñez. Si el viajero se hospeda en la península de Bocagrande, será fuerte el aturdimiento. El mar y la salmodia prehistórica empujada por los alisios arrastran cantos de ballenas y el lloro de las sirenas viudas. Este rumor rebotará contra los baluartes de Santa Clara, La Merced, De la Cruz y Santo Domingo. O seguirá la línea de los de San Francisco Javier y San Ignacio. Por momentos será atraído por la agitación de la bahía. Pronto verá los edificios de vivienda y de la hotelería que poblaron la península. Las casas de madera circundadas por corredores con alambreras, levantadas en las dunas, fueron demolidas. Entre las torres de aluminio y vidrio quedan muestras de una arquitectura de garajes abiertos y terrazas y las mansiones de los hacedores de riquezas modernas con patios y piscina,
jardines de loros y marimondas y pasillos para domesticar el viento.
Muchos de estos forjadores llegaron al puerto con un organillo y un mico encadenado que recogía monedas en un jarro de latón. Las casas y mansiones son hoy hospederías. El viajero se siente peregrino por el aliento místico del adentramiento a Cartagena de Indias. Podrá observar que El Cabrero y la península muestran la dificultad de consolidar algo. Como si estos caribes apostaran por riesgos extremos. Las casonas de comerciantes ultramarinos de la ciudad vieja vieron reducida su prosperidad a la de conserjes de pensiones de estudiantes. Igual les ocurrió a las casas de la península.
En este momento el viajero siente que el alma pesa. Y sale a escudriñar qué hay detrás de las murallas, de su leve manar de sangre negra que alimenta arbustos.
El peregrino de El Cabrero va por la orilla de la laguna. Distingue los campos de peloteros y las canteras de Santa Rita. Más arriba la quilla de nave volcada del cerro de La Popa. Un playón lo inquieta. Tierra de aluvión voluntarioso de quienes se asentaron, un archipiélago de pobreza fue trasladado. Se escucha la algarabía de los habitantes de Chambacú, y la misa solemne del Papa polaco de Roma, que bendijo este destino.
Son curiosas las simetrías de la vida. El peregrino que se dispone a ingresar en la fortaleza está próximo a la Torre del Reloj con su medición inútil de las horas, ve la piedra de Turbaco del Centro de Convenciones. Percibe las voces, ruidos, sombras de algo que dejó de ser pasado. Antes, el mercado, el zoco de productos y voces, tenía allí su asiento. Africanos, chinos, turcos, españoles, judíos, criollos, en una colmena de tiendas y los ventorrillos de fique en el suelo, ofrecían de todo. Sábalo, lebranche, mojarra, pargo y mero. Ajíes de Turbaco. Miel de los apiarios de las franciscanas. Dulce de mamey de las lomas de arena. Cangrejos de Manzanillo del Mar. Caracoles de Punta Canoa. Camarones de la Boquilla. Ostras de Albornoz. Guartinajas, conejos, venados, hicoteas de las poblaciones de las sabanas. Fue trasladado a Bazurto. Ese mundo dejó allí su huella. Algunas noches, Cenelia Alcázar entona los boleros para el buen amanecer del amor, y Alandete canta las canciones de Getsemaní en el bar Areito y regresa la vocinglería de la vida.
Los peregrinos traspasan las fortificaciones. Las visiones del arribo los han preparado. Las calles se ofrecen. Encerrado por las murallas, el olor de la ciudad se preserva. Una acumulación de aromas de salitre, baúles, entrepisos, aljibes, árboles de guinda, almendros, uvitas de playa, icacos, palmas de coco, aire refrigerado de los almacenes, cuero de las zapaterías, albañales, incienso, embarcaderos.
Bajo los pies, frente a los ojos, junto a la piel, la ciudad se dispone. En su memoria de piedra guarda siglos en los cuales los seres vienen y se van. El peregrino se asoma a esas calles que conducen al mar.
Calles que pueden ser caminadas sin entretenerse en las edificaciones. Calles que desembocan en otras calles, en plazoletas, en plazas, en atrios. Tejen un laberinto por donde la respiración del mar deja su marca en los aldabones, cerrojos, bisagras, cerraduras, herrajes. Calles caminadas dejándose llevar. El viajero llegará al teatro Adolfo Mejía, y en sus oídos se colará el trabajo de los afinadores. Bastará que siga hacia la izquierda por la muralla que estrangula la calle y en un espacio irregular verá las barracudas de Alejandro Obregón.
O se encontrará con la Plaza de Bolívar y el alboroto de la tertulia mundana de limpiadores de zapatos, jubilados que comentan el día a día y hacen pronósticos de cuanto futuro es posible con el coro de las mariamulatas. Ese arrebato de realidad a gritos contrasta con la catedral, su llamativa torre y el sigilo de sus naves donde los piadosos buscan la espada de Blas de Lezo empuñada por Santa Catalina de Alejandría.
En un extremo de la plaza, el visitante tendrá que ver la fachada del Palacio de la Inquisición. Su poder intimidante ha sido reemplazado por la leyenda. En un recoveco el archivero del reino, don Moisés Álvarez, le mostrará una constancia de la soberbia y la dignidad humanas. Una escritura del siglo XVII, otorgada por un comerciante en la cual protesta contra el mar, las tormentas, la lluvia y el viento que hicieron naufragar el navío en el que iban sus mercancías.
Estas caminadas de sol alto y de intensidad en la experiencia, llaman a la sombra. Un portal recrea una forma de la vida. Asientos y mesas permiten descansar. Aquí surgirá una manifestación de la hospitalidad: preservar referencias humanas. Como si la cantidad diaria de rostros foráneos no fuera capaz de disolver un tejido de familiaridad. Lo foráneo es incorporado. Entonces no hay extrañeza si al visitante, reponiéndose, le preguntan si estará Marina Cabarcas y señalan un portón. Ante la cara de poco entendimiento, quien pregunta insistirá. La señora que hace más de treinta años lee el Evangelio en la misa de seis de San Pedro Claver. En los laberintos la opción es múltiple. Seguir hasta el convento de San Pedro Claver. O avanzar hasta Santo Domingo con el osario frente al altar mayor y un inventario de nombres de los habitantes. Según la tradición, una de las torres fue torcida por el demonio. Alguna complicidad del diablo con estos tiempos habrá. El paseante se encontrará en la placita con Gertrudis, la gorda sensual y desnuda de Botero. Ella no reza, mira al demonio que sonríe.
Este territorio de simultaneidades le propone al caminante una ruta a la Torre del Reloj y la Boca del Puente. Las arcadas del Portal de los Dulces esparcen su aroma. Los dulces artesanales presentan una variedad de sabores. Coco y papaya. Ajonjolí y panela. Plátano y batata. Guayaba y leche.
A pesar del sol el paseante sabe que esta luz es inigualable y muestra una maravilla sin repeticiones. Entonces resulta ineludible atravesar desde la Boca del Puente hasta el Convento de San Francisco bordeando el embarcadero del Muelle de Los Pegasos. O por el Parque del Centenario. O en línea recta por el Camellón de los Mártires. Así pisará el islote de Getsemaní unido a la ciudad vieja. Las persistencias de los usos dejan una señal en lo que hoy es el mercado demolido. La orilla del Arsenal y la Calle Larga fueron retomadas por restaurantes y bailaderos. La imaginación culinaria de la ciudad enriquecida por la llegada de árabes y chinos, franceses, españoles, italianos y alemanes, propicia sabores. Las Yances incorporan los saberes de la cocina del Bolívar grande con sus intuiciones africanas y criollas y un catálogo recogido en jornadas de campo. Antes de comer, alguien pide un "varitazo". Es un coctel de un bar atendido por uno de los peloteros que jugaron la Serie Mundial. Una ración doble de ron Tres Esquinas, vertido encima de hielo. Una ración de ginebra, tres gotas de angostura y una cereza con media cucharadita de su jugo.
Aquí estuvieron los cantadores de dulzaina y guitarra. Cantaban entre las mesas de comida con lámparas de queroseno, y se estacionaban en La Cueva donde se servía el mejor arroz de cangrejo del mundo. Hoy el ventarrón trae calipsos, bullerengues, gaitas, acordeones, reggae, terapia, champeta. Michy Sarmiento y Viviano Torres.
Después de esa solaridad, vendrá la noche. El paseante se aceptará parte de un puzle en el cual ha visto historia y arte, la génesis de la libertad, y una ruta sensible, una Cartagena de Indias que se incorpora al alma de quien la camina. Y ahí permanecerá.