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La ciudad que lo reúne todo PDF Imprimir E-Mail
lunes, 07 de junio de 2010

La nostalgia y la calidez de los porteños se mezclan en Buenos Aires con un panorama cultural que parece inagotable. Desde sus librerías y museos, pasando por la gastronomía y el fútbol hasta llegar al rebelde y melancólico carácter de sus habitantes, esta ciudad tiene miles de formas para enamorar a sus visitantes

A Buenos Aires no pudieron domarla tan fácil los ávidos conquistadores. Fundada con el nombre de Nuestra Señora del Buen Ayre, soportó apenas cinco años los ataques de los indígenas querandíes que defendían su territorio con una fiereza que los primeros 1.200 hombres y mujeres no lograron combatir. Arrasada y abandonada, tuvieron que pasar casi cuarenta años antes de que la terquedad de los conquistadores terminara por atraerlos de nuevo a la desembocadura del Río de la Plata, pero ni siquiera con la esperanza de fundar una nueva ciudad, sino para tener allí un puerto de salida hacia el Atlántico. Los fieros querandíes fueron exterminados esa vez.

Así, abandonada y retomada, perdida y vencida, nació la ciudad más bella de América Latina. Quizás por esa contradicción inicial, por esa relación casi romántica de perder y recobrar, de amor por una tierra que se plagó de vacas gordas y de caballos indómitos durante los años en que fueron expulsados los españoles, y de odio al que por años fue el poblado más al sur del continente, lejos de todo y sobre todo del buen estilo de vida de Europa, nació el espíritu ambivalente y orgulloso de los porteños.

Sus habitantes todavía hoy conservan el matiz de la nostalgia –expresado enfáticamente en el tango–, una calidez sincera mezclada con una rudeza cotidiana en las maneras de ser, una altanería que quizás provenga de haber tenido que labrarse un destino sin ayuda de Europa en la época en que apenas llegaban dos navíos al año y ninguna persona tenía títulos nobiliarios sino que el prestigio se ganaba con el fruto de su sudor, y una perseverancia que todo el mundo ha visto expresada en el tesón de sus equipos de fútbol.

Todo eso está concentrado en Buenos Aires, una capital que todavía acoge a los turistas con un abrazo protector como el que les brindó a los inmigrantes españoles, italianos y alemanes, entre otros (los primeros llegaron movidos por la extrema pobreza; los segundos fueron tan numerosos que hoy, entre un 40 y un 65 por ciento de la población tiene ancestros ítalos, y los terceros llegaron escapando de las guerras, legal e ilegalmente). Buenos Aires entonces lo condensa todo, incluso la Europa que

trajeron consigo los migrantes, los problemas de delincuencia crecientes de todo el mundo y ese desorden encantador de los latinos, con su algarabía, su propio lunfardo o jerga porteña y una pasión por la grandeza que se refleja en todo lo que hacen.

Ese es el espíritu de la ciudad. Y toda Buenos Aires está impregnada de esa sensación de grandeza. Como sus librerías, sitios maravillosos que vale la pena recorrer lentamente, con la minuciosidad de los arqueólogos en busca de tesoros perdidos, y que cuentan con verdaderas joyas, como la Librería Ateneo, catalogada como una de las más bellas del mundo, que más de 3.000 personas recorren a diario y que vende cerca de 700 mil ejemplares cada año.

O como sus estadios de fútbol, verdaderos sitios de devoción al deporte. En el barrio La Boca, todos los alrededores del estadio La Bombonera, donde juega el Boca Juniors, están dedicados a los ídolos que han pasado por el equipo, entre los cuales Diego Maradona es el Dios y algunos de sus santos son colombianos como Chicho Serna, Jorge Bermúdez y Óscar Córdoba, que llevaron entre 1997 y 2001 al equipo a varios de sus más importantes títulos, y cuyas imágenes están pintadas en las paredes del barrio. O como el estadio Monumental de River Plate, que vio coronarse campeón mundial a Argentina en 1978, y que recibe conciertos como el de Coldplay y Metallica. Pero no están sólo esos. La pasión por el fútbol es tal que de los equipos de primera división de la ciudad están Boca, River, San Lorenzo de Almagro, Vélez Sarsfield, Huracán y Argentinos Juniors. De la provincia de Buenos Aires están Racing, Independiente, Arsenal, Lanús, Banfield, Gimnasia y Estudiantes.

Y están sus barrios, como San Telmo, donde los espectáculos al aire libre y las antigüedades se complementan con buena comida y una intensa actividad de bares, cafés y vida nocturna; La Boca, con el colorido de sus pizzerías, cantinas, espectáculos de tango y artistas callejeros, y el encanto de Caminito, calle peatonal con casas que conservan los balcones de hierro y un ambiente cautivador; Puerto Madero, una antigua zona portuaria de la que quedan en pie los diques y las grúas, pero que se ha convertido en el sitio de lujo para la noche, y que en el día hierve de oficinas y universitarios; en el norte está Palermo, lleno de jardines, artistas y casas fastuosas, y con un bosque que sirve de pulmón de la ciudad; también está Recoleta con uno de los más conocidos cementerios del mundo y una intensa vida de cafés y de lugares entrañables, además del conocido Centro Cultural y el Buenos Aires Design; Retiro, donde se concentran las plazas más grandes y los hoteles más lujosos; Belgrano, uno de los distritos más distinguidos, y el centro, donde están los más importantes puntos históricos de la capital argentina.

Por supuesto, hay muchísimo más: está la buena comida, no sólo centrada en las carnes sino también heredera de la mejor tradición italiana y cada vez más innovadora e internacional; su maravillosa Feria del Libro, que convoca a más de un millón de visitantes, y su Festival de Cine Independiente Bafici; el teatro Colón, uno de los de mejor acústica en el mundo, que ya cumplió 101 años; el Museo de Arte Latinoamericano Malba, el Museo de la Inmigración, el de Bellas Artes y el de Arte Hispanoamericano, entre los más de 140 que existen en la capital; el Paseo de las Esculturas y la gran Floralis Generica, una escultura que se abre y se cierra a medida que pasa el día y llega la noche; la Casa Carlos Gardel para honrar al símbolo del tango; el Jardín Japonés y el Zoo para recorrer en familia; la Casa Rosada o sede del gobierno; el café Tortoni, el más tradicional de la ciudad; el Subte, o sistema de transporte subterráneo; la música, más independiente y arriesgada que en el resto del continente; una industria cinematográfica maravillosa que les ha otorgado ya dos premios Óscar a cintas argentinas, junto con varias nominaciones, a sus músicos y actores; una gran actividad de diseñadores y artistas; un total de 26 bibliotecas; un parque llamado Tierra Santa, dedicado al cristianismo; grandes diarios y revistas, y por supuesto, también el legado de la inolvidable Mafalda.

Todo eso en una misma ciudad, que enamora y a la cual cada persona ama de una manera distinta. Quizá con la misma contradicción de los primeros pobladores, con esa nostalgia y desamor y a la vez pasión y desenfreno del espíritu porteño, que lleva a vivir cada cosa como si fuera la primera vez. Buenos Aires es la ciudad más bella, y la más compleja. Quizás por eso la queremos tanto.

 
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